El concepto de lo político por C. Smitt

 

Reseña

En su libro El concepto de lo político (1932), Carl Schmitt sostiene que la política posee una lógica propia y distinta, independiente de la moral, la economía o la estética. Su argumento central es que lo político se define por la distinción entre amigo y enemigo: una comunidad política se comprende a sí misma identificando a quienes pertenecen a ella y a quienes representan una amenaza existencial.

Contexto histórico

La Gran Depresión de octubre de 1929 afectó gravemente la precaria recuperación de Alemania tras la Primera Guerra Mundial. El elevado desempleo y la consiguiente inestabilidad social y política provocaron el colapso de la gran coalición del canciller Hermann Müller y el inicio de los gabinetes presidenciales. A partir de marzo de 1930, el presidente Paul von Hindenburg utilizó poderes de emergencia para elegir a distintos cancilleres: Heinrich Brüning, Franz von Papen, Kurt von Schleicher y, en enero de 1933, Adolf Hitler (aunque el Partido Nazi solo ocupaba dos de los diez escaños del gabinete). Von Papen, como vicecanciller y confidente de Hindenburg, debía ejercer como la figura clave que mantendría a Hitler bajo control. Estas intenciones subestimaron gravemente las ambiciones políticas de Hitler.

La política alemana de la década de 1930 rápidamente derivó en el desmantelamiento de la democracia. En febrero de 1933, poco después de que Adolf Hitler llegara al poder, el Parlamento (Reichstag) sufrió graves daños a causa de un incendio. Si bien los nazis supuestamente no planearon este suceso, supieron aprovecharlo.

Tras el incendio del Reichstag, se promulgó el Decreto del Presidente del Reich para la Protección del Pueblo y del Estado (febrero de 1933). Mediante este decreto, los comunistas quedaron excluidos del Parlamento. Hitler también se vio fortalecido por dicho decreto, que le otorgó poderes de emergencia y le permitió promulgar y aprobar leyes por sí mismo. Ya no tenía que preocuparse de que el presidente Paul von Hindenburg utilizara el artículo 48 de la Constitución para suprimir todas las leyes del país durante el estado de emergencia.

El régimen de Hitler presentó entonces la Ley Habilitante ante el Parlamento. Esta legislación, aprobada en marzo de 1933, básicamente pedía al Parlamento que se autodestruyera. Hitler logró que se aprobara la ley gracias a que contaba con la mayoría del Deutschnationale Volkspartei (Partido Nacional del Pueblo Alemán) y, posteriormente, consiguió el apoyo del Partido Católico de centro (Zentrum).

El 14 de julio de 1933, Hitler promulgó una ley que establecía que solo el Partido Nazi podía existir en la sociedad alemana. A partir de ese momento, estableció una dictadura, salvo por el presidente von Hindenburg, el único obstáculo que se interponía en su camino. Tras la muerte de Hindenburg a causa de un cáncer en 1934, Hitler unificó los cargos de canciller y presidente en una figura que denominó «Führer», asumiendo así el poder absoluto sobre la nación.

La evolución del pensamiento de Carl Smitt en sus escritos.

Entre 1912 y 1922, Carl Smitt (1888-1985) fue principalmente un jurista preocupado por el problema del orden jurídico y la soberanía. En Teología Política (1922), expone su idea más famosa: «Soberano es quien decide sobre la excepción». Esto marca un cambio: de concebir el derecho como un sistema autónomo a considerarlo dependiente de un acto político decisivo. Su pensamiento en este punto es marcadamente antiliberal, en el sentido de que considera que las normas jurídicas ordinarias no pueden explicar, en última instancia, quién ostenta realmente el poder.

En 1923, en La crisis de la democracia parlamentaria, se muestra más abiertamente crítico con el parlamentarismo liberal. Sostiene que las instituciones liberales se basan en el debate y el compromiso, pero la política real se fundamenta en la división pública, la identidad colectiva y la toma de decisiones. En esta etapa, su pensamiento se torna más explícitamente político. Para Schmitt, la democracia no es principalmente un procedimiento, sino la expresión de la unidad del pueblo.

En 1932, con El concepto de lo político, ofrece su definición más perdurable de política: la distinción entre amigo y enemigo. Este es un avance fundamental: la política no es economía, moral ni estética, sino el ámbito donde los grupos se definen a sí mismos en contraposición a otros grupos. El escrito profundiza en su decisionismo previo y sitúa el conflicto en el centro de su teoría.

En la década de 1930, la obra de Schmitt se vincula cada vez más con el poder, la autoridad estatal y la lucha política concreta. En 1933, Schmitt se unió al Partido Nazi y utilizó sus teorías jurídicas y políticas para justificar el régimen ideológicamente. Escribió sobre la dictadura, el colapso constitucional y el liderazgo. Su teoría se volvió aún más antiparlamentaria y antipluralista. Este es también el período en el que su participación política influyó profundamente en la recepción de sus ideas.

Tras 1945, su enfoque vuelve a cambiar. En El Nomos de la Tierra (1950), desarrolla una perspectiva histórico-geopolítica del orden internacional, preguntándose cómo se organiza el espacio jurídico y político a nivel global. Aquí, Schmitt se centra menos en la decisión soberana interna del Estado y más en la estructura del orden mundial y el colapso del antiguo sistema europeo.

El pensamiento de Schmitt transita desde la teoría jurídica constitucional hasta la teología política decisionista, luego a una crítica del parlamentarismo liberal y, posteriormente, a la geopolítica y el "nomos" del orden mundial.

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Comentario

1. La esencia de lo político

En El concepto de lo político, Carl Schmitt comienza preguntándose qué es lo que hace que algo sea político. Su respuesta es que la política no puede reducirse a la moral, la economía o la estética. Cada uno de esos ámbitos tiene su propia lógica, pero lo político posee una esencia propia.

Para Schmitt, esa esencia reside en la distinción entre amigos y enemigos. Una comunidad política se define separando a quienes considera amigos de quienes considera enemigos. Esto no equivale a juzgar a las personas como buenas o malas, útiles o inútiles, bellas o feas. Se trata de una distinción existencial ligada a la identidad colectiva y la supervivencia. Así pues, para Schmitt, lo político surge siempre que un grupo puede nombrar a un enemigo y reconocerse a sí mismo a través de esa oposición.

Según Schmitt, un enemigo no es solo un competidor o un adversario privado, sino un adversario público cuya existencia amenaza la identidad colectiva y la supervivencia de una entidad política. Reconocer al enemigo es tanto un acto de autoafirmación política como la base de la unidad y la toma de decisiones políticas.

La soberanía es un elemento central en la concepción de la política de Schmitt. La define a través del poder de decisión, especialmente en relación con la distinción entre amigo y enemigo. El soberano es quien posee la autoridad suprema para declarar el estado de excepción, revelando así el verdadero centro del poder político. Este énfasis en la toma de decisiones evidencia la primacía de la política sobre otras esferas: la decisión soberana contribuye a definir la identidad y la supervivencia de la comunidad política.

En esencia, para Schmitt, lo político es una esfera de la vida humana marcada por la posibilidad siempre presente del conflicto, derivado de la distinción entre amigo y enemigo. Es este enfrentamiento con desafíos existenciales lo que cristaliza lo político y le confiere su singularidad.

2. El Estado en la identidad política

Schmitt postula que el Estado encarna fundamentalmente la unidad política dentro de un territorio determinado, y es a través del Estado que se manifiesta la naturaleza política de las asociaciones humanas. El Estado actúa como el principal decisor y garante de la distinción entre amigo y enemigo, que Schmitt identifica como el criterio central de lo político.

Según Schmitt, el Estado no es meramente una entidad administrativa, sino la forma organizativa concreta de un pueblo que se distingue de los demás en función de esta distinción política fundamental. El Estado existe para tomar decisiones sobre amigos y enemigos y para actuar en consecuencia. Este papel es fundamental para la identidad y la unidad de la comunidad política que representa.

La capacidad de distinguir entre amigos y enemigos es fundamental para el concepto de soberanía, que, según Schmitt, representa la máxima autoridad dentro de un territorio determinado. La soberanía implica el poder de tomar decisiones que preserven la existencia y los intereses de la comunidad política. Es este aspecto de la toma de decisiones lo que diferencia al Estado soberano de otras formas de asociación. La soberanía se expresa no solo en el ámbito de la política exterior — las relaciones con otras entidades políticas —, sino también en los asuntos internos, donde la autoridad del Estado actúa para mantener el orden y la coherencia internos.

Internamente, la soberanía del Estado se demuestra mediante su monopolio de la violencia legítima y su capacidad para promulgar leyes y reglamentos que vinculan a sus ciudadanos. El Estado distingue qué grupos o movimientos internos se alinean con su identidad política y cuáles la amenazan, clasificándolos así como potenciales enemigos. Externamente, el Estado debe mantenerse vigilante para reconocer y responder a las amenazas de otros Estados o entidades que desafíen su soberanía y existencia política.

Las implicaciones de la soberanía estatal son enormes. A nivel interno, significa que el Estado tiene la autoridad suprema para determinar la estructura de la sociedad, la distribución de los recursos y los límites del comportamiento permitido. A nivel externo, la soberanía estatal implica la necesidad de estar preparado para el conflicto y defender los intereses del Estado frente a potencias extranjeras.

En 1938, Schmitt escribió un libro titulado El Leviatán en la teoría del Estado de Thomas Hobbes. Hobbes influyó en Schmitt al sugerir que el orden político depende de una autoridad soberana decisiva. Para Hobbes, las personas escapan de la inseguridad del estado de naturaleza sometiéndose a un poder lo suficientemente fuerte como para imponer la paz. Schmitt retomó esta idea fundamental y la convirtió en el eje central de su propia teoría de la soberanía.

Schmitt subraya la naturaleza existencial de la política, donde la distinción entre amigo y enemigo suele ser una cuestión de supervivencia colectiva. La comunidad política, representada por el Estado, debe estar preparada para afrontar y, de ser necesario, combatir a quienes amenazan su existencia. Esta perspectiva existencial resalta la gravedad inherente y la violencia potencial que conlleva la identificación y la acción política.

En conclusión, el papel del Estado en la identidad política, tal como lo describe Schmitt, es fundamental y omnipresente. El Estado no solo delimita las fronteras de lo político, sino que las refuerza mediante una constante disposición a distinguir y actuar conforme al criterio amigo-enemigo. De este modo, el Estado defiende su soberanía y garantiza la supervivencia e identidad de la comunidad política que representa, lo que subraya el vínculo crucial e inextricable entre la soberanía estatal y la identidad política.

3. El enfoque del liberalismo hacia la política

Schmitt critica el enfoque liberal de la política, al que considera fundamentalmente erróneo. Una de sus principales críticas es que el liberalismo intenta despolitizar la esfera política subordinando su ámbito a preocupaciones morales, económicas o humanitarias. Según Schmitt, el énfasis del liberalismo en los derechos individuales y su enfoque en el consenso y el debate racional socavan la naturaleza inherentemente conflictiva y decisiva de la política. Afirma que la política no se trata simplemente de gestionar intereses diversos, sino de tomar decisiones existenciales que a menudo implican distinguir entre amigos y enemigos.

En opinión de Schmitt, el compromiso del liberalismo con los derechos individuales fomenta un entorno donde la identidad política colectiva se diluye. El liberalismo prioriza las libertades y los derechos personales sobre los deberes y responsabilidades colectivas, debilitando así la unidad y la cohesión necesarias para una entidad política sólida. Al enfatizar la autonomía individual en tal medida, el liberalismo resta importancia a la identidad y el propósito colectivos. Esto socava la capacidad del Estado para actuar con decisión en interés de la colectividad, lo cual es esencial para mantener el orden y la estabilidad.

Otra crítica importante que Schmitt dirige al liberalismo es su relación paradójica con la democracia. Según Schmitt, la democracia liberal es inherentemente inestable y susceptible a las crisis. El modelo democrático liberal intenta conciliar dos principios contradictorios: el énfasis liberal en los derechos y libertades individuales, y el principio democrático del gobierno de la mayoría. Esta tensión genera inconsistencias y vulnerabilidades en los sistemas políticos. Por ejemplo, la democracia presupone una voluntad colectiva capaz de tomar decisiones políticas decisivas, pero el enfoque liberal en la disidencia individual dificulta alcanzar el consenso y la unidad necesarios para dichas decisiones.

Además, Schmitt argumenta que la dependencia del liberalismo en el discurso racional y las normas procedimentales conduce a una crisis en la toma de decisiones. El proceso democrático liberal suele derivar en debates y negociaciones interminables, lo que puede paralizar el sistema político en tiempos de crisis, cuando se requiere una acción clara y decisiva. En contraste, Schmitt subraya la importancia de la autoridad y la decisión en el ámbito político. La capacidad de actuar con decisión es un sello distintivo del poder soberano. Sin este elemento decisivo, Schmitt considera que las democracias liberales están mal preparadas para afrontar amenazas existenciales y son propensas a la fragmentación interna.

La crítica de Schmitt al liberalismo gira en torno a la despolitización de la esfera política, el debilitamiento de la identidad política colectiva y las contradicciones inherentes a la democracia liberal. Al centrarse excesivamente en los derechos individuales y la deliberación racional, el liberalismo descuida la naturaleza fundamental de lo político, que, según Schmitt, se basa en decisiones existenciales y en la distinción entre amigo y enemigo.

4. Lo político como esfera autónoma

Carl Schmitt afirma la necesidad de preservar la autonomía de la esfera política respecto de otros ámbitos como el económico y el moral. Sostiene que la política es un ámbito autónomo porque se define por un criterio único: la distinción entre amigo y enemigo. Según Schmitt, los conflictos dentro de la esfera política son fundamentalmente diferentes de los que se dan en otras áreas de la interacción humana y no pueden subsumirse en categorías económicas, morales o estéticas.

Los conflictos políticos son irreductibles a otras formas de conflicto precisamente porque giran en torno a cuestiones existenciales de identidad y supervivencia colectivas. Implican decisiones con implicaciones existenciales para las comunidades políticas, que a menudo exigen una clara determinación de quién pertenece a la comunidad y quién se considera una amenaza. Si bien los conflictos económicos o morales suelen resolverse mediante la negociación, el compromiso o la resolución judicial, los conflictos políticos requieren una solución más definitiva y absoluta, ya que atañen a la propia existencia del Estado o entidad política.

Schmitt ofrece ejemplos para ilustrar cómo las decisiones políticas prevalecen sobre otras consideraciones. Por ejemplo, en tiempos de guerra o amenaza existencial, un Estado puede suspender ciertas actividades económicas o restringir los derechos morales y legales individuales para priorizar la supervivencia y la defensa. Estas decisiones ponen de manifiesto la primacía de los imperativos políticos sobre otros intereses. Las políticas económicas o los principios morales pueden modificarse o incluso sacrificarse para garantizar la seguridad y la continuidad de la comunidad política.

En esencia, la autonomía de la esfera política se ve reforzada por su papel en la toma de decisiones que no son meramente técnicas o administrativas, sino actos fundamentalmente soberanos. Dichas decisiones suelen implicar consecuencias de vida o muerte y determinan la frontera entre los aliados y los enemigos de una comunidad. Esta característica singular distingue las acciones y decisiones políticas de las de otras esferas, reforzando el argumento de Schmitt de que lo político es un dominio independiente, regido por los imperativos de la soberanía y la supervivencia.

5. El concepto del enemigo en el pensamiento político

En la teoría política de Carl Schmitt, el concepto de enemigo ocupa un lugar central dentro de su marco filosófico. Schmitt postula que el enemigo, en el sentido político, se distingue de los adversarios que se encuentran en otros ámbitos, como la vida personal o la competencia económica. El enemigo político no es simplemente alguien con quien se discrepa o se compite por recursos, representa una amenaza existencial fundamental para el modo de vida, la supervivencia y la identidad de un colectivo.

Schmitt traza una clara distinción entre adversarios privados y enemigos políticos. Mientras que los adversarios privados pueden involucrarse en conflictos por asuntos personales, como disputas comerciales o desacuerdos morales, los enemigos políticos representan un desafío existencial. El enemigo político se define como una oposición directa que amenaza la existencia colectiva de una entidad política, lo que exige una disposición al conflicto que va más allá de las formas ordinarias de contienda. Este enemigo no se elige arbitrariamente, sino que surge naturalmente como una entidad contra la cual la unidad política debe imponerse para preservar su integridad.

Schmitt subraya la naturaleza existencial de los conflictos políticos, argumentando que estos giran intrínsecamente en torno a la supervivencia y continuidad de una entidad política. A diferencia de las disputas económicas o morales, que a menudo pueden resolverse mediante la negociación o el compromiso, los conflictos políticos son binarios y absolutos. Implican una postura definitiva, ya sea de amigo o de enemigo. Esta dicotomía existencial resalta la importancia de las decisiones políticas, donde la incapacidad de identificar y confrontar adecuadamente al adversario político puede conducir a la disolución o subyugación de la comunidad política.

Las implicaciones de esta perspectiva son profundas para la unidad y la supervivencia nacional. Según Schmitt, el reconocimiento e identificación del enemigo son fundamentales para la cohesión y la solidaridad de la unidad política. Es mediante la delimitación de la distinción entre amigo y enemigo que una comunidad política puede fomentar un sentido de propósito común y unidad entre sus miembros. El enemigo, al representar una amenaza tangible, sirve para movilizar a la unidad política, reforzando así los lazos internos y estableciendo un claro sentido de identidad y misión colectivas.

El concepto de enemigo de Schmitt también tiene implicaciones para la estructura y la dinámica más amplias de la vida política. Según Schmitt, la incapacidad o la falta de voluntad para reconocer y afrontar la presencia de un enemigo político diluye la energía política y debilita la determinación política. Esto, a su vez, puede hacer que una entidad política sea vulnerable a las amenazas externas y a la fragmentación interna. Por lo tanto, el enemigo no solo define los límites de la acción política, sino que también agudiza la conciencia y la resolución políticas necesarias para el mantenimiento del poder soberano.

6. Conflicto y política

La visión de Schmitt sobre el conflicto armado es clara: constituye la prueba definitiva de las entidades políticas, la expresión más extrema y concluyente de la distinción entre amigo y enemigo. Para Schmitt, la esencia misma de la política no reside únicamente en principios abstractos o negociaciones diplomáticas, sino en la realidad concreta del conflicto. La guerra, en este sentido, no es una aberración, sino un aspecto inherente a la vida política. Acentúa las fronteras entre amigo y enemigo como ninguna otra cosa puede hacerlo, sacando a la luz el potencial latente de conflicto y demostrando la seriedad de la existencia política.

Según Schmitt, la legitimidad y la necesidad del conflicto radican en la naturaleza existencial de las comunidades políticas. Una entidad política — generalmente el Estado — establece su identidad mediante su capacidad para distinguir entre amigo y enemigo, y, en última instancia, su capacidad para defenderse de estos últimos. Al hacerlo, encarna la noción de soberanía, que para Schmitt se centra fundamentalmente en la capacidad de tomar decisiones cruciales, incluida la declaración de guerra. La decisión de entrar en conflicto es la máxima manifestación de la acción política.

Schmitt critica las ideologías que buscan eliminar o socavar este aspecto de la política, en particular las pacifistas. En su opinión, el pacifismo no comprende la naturaleza intrínseca de la realidad política, que se basa en la posibilidad siempre presente del conflicto. Al abogar por una paz absoluta, los pacifistas malinterpretan la esfera política, considerándola algo que puede despojarse de sus peligros y disputas inherentes. Argumenta que tales perspectivas son peligrosamente ingenuas e ignoran las verdades fundamentales de la existencia política: que existen enemigos y que el conflicto, lo deseemos o no, es una parte inevitable de la sociedad humana.

Además, las deficiencias de las ideologías pacifistas se hacen evidentes al enfrentarse a dilemas políticos reales. La insistencia en la paz a cualquier precio puede paralizar la toma de decisiones políticas, incapacitando a una entidad política para responder adecuadamente a las amenazas. Esto, según Schmitt, podría conducir, en última instancia, a la disolución de la propia unidad política, al volverse incapaz de cumplir la función crucial de definir y defender su existencia. Para evitarlo, es fundamental reconocer con objetividad la necesidad y la legitimidad del conflicto.

En el marco conceptual de Schmitt, la disposición a participar en la guerra no implica una justificación de la violencia por sí misma, sino el reconocimiento de la gravedad de la vida política. Desde esta perspectiva, el conflicto es una herramienta mediante la cual las comunidades políticas negocian sus cuestiones existenciales más profundas. Pone a prueba la lealtad, fortalece los lazos entre los miembros de una entidad política y reafirma la soberanía e integridad de la unidad política. Por lo tanto, para Schmitt, comprender la guerra y el conflicto es crucial para comprender la realidad de lo político, que no puede reducirse a meras cuestiones económicas, morales o formalismos jurídicos.

7. El futuro político

Al explorar el futuro de las entidades políticas, Schmitt expresa su preocupación por el panorama cambiante de la política global. Cuestiona si las nociones tradicionales de soberanía y Estado pueden resistir las presiones de la internacionalización y la creciente influencia de los actores no estatales. El surgimiento de organizaciones supranacionales, la interdependencia económica global y las ideologías transnacionales desafían los límites convencionales de las entidades políticas. Sugiere que la estabilidad y la autoridad de los Estados soberanos podrían verse socavadas o transformadas por estos acontecimientos.

Las perspectivas de Schmitt sobre el futuro se fundamentan en su creencia en la naturaleza perdurable de los conflictos políticos. Si bien las formas y los actores de la lucha política evolucionan, persiste la necesidad fundamental de decisiones que afirmen la identidad colectiva. Schmitt sostiene que la esfera política no puede erradicarse, ya que los intentos de despolitizarla, ya sea mediante el énfasis del liberalismo en los derechos individuales o a través de ideologías pacifistas, en última instancia no logran abordar la naturaleza intrínseca de las sociedades humanas de establecer distinciones entre amigos y enemigos.

El autor sostiene que, independientemente de los cambios en el orden global, la necesidad de decisiones soberanas y la delimitación de identidades políticas seguirán siendo constantes. Las reflexiones de Schmitt invitan a reevaluar las estructuras políticas contemporáneas y a reconocer las verdades fundamentales sobre la soberanía y el conflicto.

Themes

Las ideas de Schmitt aplicadas en España

- La ideología franquista

El marco intelectual de Carl Schmitt justificó la estructura autoritaria franquista. Su influencia fue especialmente notable a través de su rechazo al parlamentarismo liberal, que los franquistas consideraban un sistema fallido que había provocado la inestabilidad de la Segunda República Española. Al argumentar que la verdadera autoridad política reside en la capacidad de distinguir entre amigo y enemigo, Schmitt proporcionó una base teórica para que el régimen presentara la Guerra Civil Española no como un desacuerdo político, sino como una «Cruzada» contra un enemigo existencial.

Un elemento central de esta influencia fue la teoría del estado de excepción de Schmitt, que postula que el verdadero soberano es quien decide cuándo debe suspenderse la ley para proteger al Estado. Este concepto reflejó la realidad del régimen de Francisco Franco, donde el dictador mantuvo el poder absoluto erigiéndose como el único protector de la nación durante un supuesto estado de emergencia. Esto permitió al régimen mantener una apariencia de legalidad mientras ejercía un poder arbitrario, legitimando de hecho la suspensión de las normas democráticas en nombre de la supervivencia nacional.

La conexión de Schmitt con España se consolidó aún más a través de sus vínculos personales y su interés académico por la historia española. Visitaba España con frecuencia y gozaba del gran respeto de los juristas e intelectuales del régimen. El texto más significativo que vincula directamente a Carl Schmitt con España es Theorie des Partisanen (texto: Teoría del Partisano), publicado en 1963. Esta obra surgió directamente de una serie de conferencias que Schmitt impartió en la España franquista en 1962, durante las cuales fue recibido como un prestigioso aliado intelectual del régimen.

En este texto, Schmitt utiliza España como principal caso de estudio histórico y teórico de diversas maneras:

Se basa en gran medida en la resistencia española contra las fuerzas napoleónicas durante la Guerra de la Independencia (1808-1814). Identifica al "guerrillero" español no solo como un soldado irregular, sino como un "partisano", alguien que encarna un estado de "enemistad absoluta". Para Schmitt, la lucha española constituyó un prototipo de un nuevo tipo de guerra en la que los combatientes no reconocen la condición jurídica del adversario, transformando el conflicto en una lucha total por la liberación nacional.

Aplicando esta teoría al siglo XX, Schmitt caracterizó la Guerra Civil Española como una «guerra de liberación nacional» contra el «comunismo internacional». Al plantear el conflicto de esta manera, proporcionó al régimen franquista una sofisticada justificación intelectual, argumentando que las fuerzas de Franco no solo libraban una batalla política interna, sino que defendían a la nación española contra una amenaza extranjera y globalista.

Si bien no se trata de una monografía sobre España, la obra de Schmitt sobre soberanía y estado de excepción (especialmente en Teología Política) funcionó como manual para los teóricos jurídicos del régimen y para la legitimación del Caudillo. Sus escritos sobre el "dictador soberano" proporcionaron las herramientas conceptuales para que los juristas españoles argumentaran que el poder absoluto de Franco era una necesidad legal para restaurar el orden y la estabilidad del Estado, convirtiendo así la historia española en un vehículo para sus teorías sobre la enemistad y la soberanía.

- La cuestión catalana

Las ideas jurídicas de Schmitt se aplican a Cataluña principalmente como un problema de soberanía. Para él, la cuestión central es quién tiene la última palabra en una crisis política, no solo lo que dicen las normas escritas. En el conflicto hispano-catalán, esto se traduce en la lucha entre la autoridad de la Constitución española y las reivindicaciones catalanas de autodeterminación.

Su marco teórico subraya que el orden constitucional depende de una unidad política previa, y que una crisis real revela quién controla realmente el sistema. Por eso, a Schmitt se le suele citar en los debates sobre Cataluña. Ayuda a explicar por qué los procedimientos legales por sí solos pueden no resolver el conflicto, pero no ofrece una solución neutral ni democrática.

- El Tribunal Constitucional español

Las ideas de Schmitt son útiles para comprender el Tribunal Constitucional español porque consideraba a los tribunales como parte de una lucha más amplia sobre quién custodia realmente la Constitución. En opinión de Schmitt, el poder constitucional no es solo interpretación jurídica, es una decisión política sobre el orden fundamental del Estado. Esto hace que el tribunal sea relevante, pero no supremo como suele imaginar la teoría liberal.

En España, esto se manifiesta en los debates sobre si el Tribunal Constitucional es un árbitro neutral o un actor político. Schmitt probablemente diría que, en una crisis como un conflicto territorial, el tribunal no puede mantenerse completamente al margen de la política, porque las cuestiones constitucionales más profundas se deciden por la soberanía política, no solo por la ley. Por eso, sus ideas se utilizan tanto para defender un orden constitucional sólido como para criticar al tribunal cuando se percibe que se extralimita o se politiza.

Críticas a los conceptos de Smitt

Académicos liberales y constitucionalistas

La crítica que sostiene que la obra de Schmitt justifica el totalitarismo y socava el Estado de derecho se asocia principalmente con los teóricos liberales. Hans Kelsen, contemporáneo de Schmitt, tuvo un sonado enfrentamiento con él sobre la naturaleza del derecho. Mientras que Schmitt hacía hincapié en la «excepción» y la voluntad del soberano, Kelsen defendía una «teoría pura del derecho» basada en una jerarquía de normas y coherencia jurídica, considerando el enfoque de Schmitt como una invitación a la ilegalidad.

Pensadores posteriores como John Rawls y Jürgen Habermas, en su obra La teoría de la acción comunicativa (1981), defienden la idea de que la política debería basarse en la racionalidad comunicativa y el consenso deliberativo, en lugar de la dicotomía amigo-enemigo.

Filósofos morales y defensores de los derechos humanos

Quienes argumentan que la separación entre política y moral propuesta por Schmitt es peligrosa suelen provenir de la tradición de los derechos humanos universales. Los críticos en esta línea sostienen que, al crear una esfera política "amoral", Schmitt justifica la suspensión de la ética durante los estados de emergencia. Esta crítica es fundamental para el trabajo de los académicos que analizan el Holocausto y el ascenso del Tercer Reich, señalando que las teorías de Schmitt proporcionaron la arquitectura intelectual para la designación de "enemigos del Estado" por parte del régimen nazi.

Postestructuralistas y teóricos poscoloniales

El argumento de que el marco teórico de Schmitt es reduccionista y excluyente es defendido con frecuencia por pensadores que analizan el poder, la identidad y "el otro". Giorgio Agamben, si bien está profundamente influenciado por Schmitt, critica el "estado de excepción" al mostrar cómo conduce a una "vida desnuda", donde los seres humanos son despojados de sus derechos políticos y reducidos a la mera existencia biológica. Los estudiosos poscoloniales argumentan que la insistencia de Schmitt en la homogeneidad de la unidad política refleja la lógica del borrado colonial, donde el colonizador define al colonizado como el "enemigo" o el "otro" para justificar su dominación.

Teóricas feministas

La crítica al carácter «masculino» de la distinción amigo-enemigo se encuentra en la teoría política feminista. Estas académicas argumentan que la definición de política de Schmitt se centra exclusivamente en la agresión y el mantenimiento de límites, ignorando la «política del cuidado», la reproducción social y la cooperación. Sostienen que la «lucha existencial» que describe Schmitt es una construcción de poder con sesgo de género que excluye las formas no dominantes de participación política.

Chantal Mouffe en Agonistics (2013) intenta "suavizar" la distinción entre amigo y enemigo que propone Schmitt. Argumenta a favor de reemplazar el "antagonismo" (enemigo/destrucción) por el "agonismo" (adversario/competencia), un cambio que se alinea con los objetivos feministas de transformar el conflicto, pasando de una lucha por la eliminación a una lucha por el reconocimiento.

Judith Butler critica la dependencia de binomios rígidos (hombre/mujer, público/privado, amigo/enemigo). Desde esta perspectiva, todo el proyecto de Schmitt constituye un intento de imponer un «binomio violento». Sus escritos más relevantes son: Marcos de guerra (2009), La fuerza de la no violencia (2020) y Caminos separados (2024). Estos libros cuestionan la lógica de la soberanía, la exclusión y la violencia política que se asocia fuertemente con Schmitt. 

Las teóricas feministas argumentan que lo «político» no reside en la línea divisoria tajante entre amigo y enemigo, sino en las «zonas grises»: las superposiciones, las ambigüedades y las relaciones de cuidado que la teoría de Schmitt ignora.


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