Reseña
Los medios basados en imágenes priorizan el entretenimiento y la apariencia. Postman argumenta que no estamos censurados, sino distraídos: imágenes vívidas y descontextualizadas, junto con fragmentos de audio, reemplazan la exposición lógica, convirtiendo las noticias, la política, la educación y la religión en entretenimiento y socavando el juicio democrático. Su solución consiste en recuperar los hábitos de la alfabetización: la lectura, el debate sostenido y la educación crítica.
Contexto
El libro Divertirse hasta morir se publicó en 1985. Estuvo influenciado por varias corrientes filosóficas:
Marshall McLuhan
La influencia de Marshall McLuhan en Neil Postman es fundamental. Ambos pensadores consideran a los medios como modeladores activos de la percepción y la vida pública, en lugar de meros conductos neutrales para el contenido. Postman adopta la idea central de McLuhan (que la forma de un medio determina cómo se experimenta el contenido) y la aplica a un argumento cívico y pedagógico, insistiendo en que el medio televisivo produce distintos tipos de discurso público que la prensa escrita.
El aforismo de McLuhan, «el medio es el mensaje», sustenta el cambio de enfoque de Postman, quien pasa de criticar el contenido de los medios a criticar su forma. Mientras que McLuhan hacía hincapié en cómo los medios crean entornos que privilegian ciertos modos sensoriales y hábitos cognitivos, Postman utiliza ese marco para contrastar la cultura impresa (que fomenta la argumentación lineal y razonada y la atención sostenida) con la cultura televisiva (que privilegia la imagen, la brevedad y la inmediatez emocional).
Metodológicamente, Postman hereda el enfoque histórico-comparativo de McLuhan: rastrear cómo los cambios en las tecnologías de la comunicación reorganizan la conciencia y las instituciones. Postman sigue el patrón de McLuhan al diagnosticar los cambios en la atención y la cognición impulsados por los medios, pero va más allá en el terreno normativo, argumentando que estos cambios tienen efectos corrosivos en la deliberación democrática y la educación.
Postman también se apoya en la idea de McLuhan sobre el sesgo sensorial. Las afirmaciones de McLuhan sobre cómo la imprenta privilegia el procesamiento visual-lineal, mientras que los medios electrónicos enfatizan la simultaneidad y la sobrecarga sensorial, ayudan a Postman a explicar por qué la inmediatez visual de la televisión promueve el espectáculo y el entretenimiento por encima de la exposición lógica y sostenida. Este énfasis sensorial respalda la afirmación central de Postman de que la televisión transforma el discurso serio en diversión.
Finalmente, si bien Postman amplía las ideas descriptivas de McLuhan, difiere en tono y propósito. McLuhan solía ser aforístico y diagnóstico. Postman es didáctico y prescriptivo, utilizando el marco de McLuhan para defender la preservación de las prácticas de alfabetización y una educación cívica que reconozca el poder formativo de los medios de comunicación.
La influencia de Habermas en Neil Postman se manifiesta principalmente a través de la preocupación compartida por las condiciones para un discurso público racional y el deterioro de la esfera pública bajo la comunicación de masas. Postman adapta el marco normativo de Habermas, especialmente la idea de que una esfera pública sana requiere espacios para el debate racional-crítico, para argumentar que los cambios en la forma de los medios de comunicación han erosionado dichas condiciones.
El concepto de esfera pública de Habermas (un espacio discursivo donde los ciudadanos deliberan en igualdad de condiciones, utilizando la argumentación razonada para formar la opinión pública) proporciona a Postman un criterio para evaluar los efectos de los medios de comunicación. Postman considera que la cultura impresa es históricamente más propicia a este modelo, ya que fomenta la argumentación lineal, la atención sostenida y los referentes comunes. Presenta la televisión como incompatible con las prácticas que Habermas considera necesarias para la formación legítima de la voluntad democrática, puesto que privilegia la imagen, el entretenimiento y la fragmentación por encima del intercambio razonado.
Metodológicamente, el énfasis de Habermas en las condiciones institucionales y comunicativas de la democracia fundamenta el enfoque de Postman, quien considera a los medios como fuerzas estructurales y no meros canales de información. Postman utiliza esta perspectiva para vincular los cambios en la forma de los medios con los cambios en las instituciones cívicas (política, periodismo, educación, religión), argumentando que cuando los medios dejan de sustentar el discurso racional-crítico, se socava la legitimidad y la funcionalidad de la deliberación democrática.
La diferencia entre ambos radica en que Postman se centra menos que Habermas en el análisis institucional detallado (por ejemplo, estructuras legales, económicas o burocráticas) y más en las consecuencias retóricas y culturales de la forma mediática. Habermas ofrece una teoría más sistemática de la acción comunicativa y los efectos distorsionadores de los imperativos del sistema (por ejemplo, la lógica del mercado o administrativa) en el mundo de la vida; Postman, en cambio, traduce estas preocupaciones en una crítica centrada en los medios de comunicación, haciendo hincapié en la pedagogía, la atención pública y la competencia cívica.
Habermas proporciona el referente normativo y gran parte del lenguaje conceptual — esfera pública, debate racional-crítico, condiciones de legitimidad — que Postman moviliza para argumentar que la televisión, al remodelar las condiciones comunicativas, empobrece el discurso democrático.
La Escuela de Frankfurt
La influencia de la Escuela de Frankfurt en Neil Postman se evidencia en su crítica a la cultura de masas y sus efectos en la conciencia crítica. Postman comparte la preocupación de la Escuela de Frankfurt de que la cultura producida para el consumo masivo, moldeada por la mercantilización y la lógica del entretenimiento, tiende a estandarizar la experiencia, embotar las facultades críticas e integrar a los ciudadanos en sistemas de consumo pasivo en lugar de fomentar la crítica activa.
Las ideas clave de Frankfurt se reflejan en el diagnóstico de Postman: la tesis de la «industria cultural» (Adorno y Horkheimer), que plantea cómo se fabrican los bienes culturales para perpetuar la conformidad ideológica, guarda paralelismo con la afirmación de Postman de que la televisión convierte las noticias, la política y la educación en productos de entretenimiento que desalientan el juicio reflexivo. Al igual que los pensadores de Frankfurt, Postman considera que la comercialización y la lógica del mercado son mecanismos centrales que transforman el discurso serio en espectáculo.
Metodológicamente, Postman comparte el escepticismo interdisciplinario de la Escuela de Frankfurt hacia las narrativas del progreso tecnológico y capitalista. Combina el análisis retórico, la historia cultural y la crítica moral para mostrar cómo las formas mediáticas reorganizan la vida pública, de manera similar al proyecto de Frankfurt de vincular las formas culturales con el poder y la dominación social. Sin embargo, Postman se centra más en la forma mediática (impresa frente a televisiva) y la pedagogía, mientras que la Escuela de Frankfurt sitúa la cultura dentro de estructuras capitalistas, ideológicas y psicosociales más amplias.
Postman se diferencia de algunos autores de la Escuela de Frankfurt en tono y planteamiento: es menos fatalista y más orientado a la educación, abogando por la preservación de las prácticas de alfabetización y la educación cívica como contrapeso a los efectos de la televisión. No obstante, las preocupaciones centrales de la Escuela de Frankfurt sobre la cultura mercantilizada, el consumo pasivo y la erosión del pensamiento crítico autónomo están claramente presentes en el argumento de Postman.
Walter J. Ong
El trabajo de Ong sobre la oralidad y la alfabetización influyó en el argumento de Neil Postman al proporcionar un marco histórico y cognitivo sobre cómo los cambios en los medios de comunicación dominantes reorganizan el pensamiento y el discurso público.
Ong demostró que los medios orales, escritos y electrónicos generan diferentes hábitos cognitivos y prácticas sociales: la oralidad enfatiza la memoria, la actuación y el contexto comunitario; la escritura fomenta la abstracción, la linealidad y el razonamiento analítico; los medios electrónicos reintroducen la simultaneidad y la inmediatez sensorial. Postman toma prestado este esquema para contrastar una esfera pública basada en la imprenta, cuyos hábitos de escritura favorecen el razonamiento sostenido, con una cultura dominada por la televisión que privilegia la imagen, la brevedad y la inmediatez emocional.
El método histórico de Ong (que rastrea los cambios en la conciencia a medida que evolucionan las tecnologías de la comunicación) legitima el enfoque histórico-comparativo de Postman, que pasa de la cultura impresa del siglo XIX a la cultura televisiva del siglo XX. Postman utiliza la evidencia de Ong sobre cómo la alfabetización reestructura la cognición para argumentar que el declive de las prácticas impresas socava los hábitos (capacidad de atención, lógica secuencial, respeto por el texto) que requiere la deliberación democrática.
El matiz de Ong al considerar los medios no como meras tecnologías, sino como formaciones culturales, ayuda a Postman a argumentar que la televisión no es simplemente un nuevo sistema de distribución del mismo contenido. Sus sesgos sensoriales y estructurales transforman activamente la manera en que los ciudadanos procesan la información y evalúan las afirmaciones. Postman adopta la perspectiva de Ong, aplicándola normativamente a la educación y la vida cívica, e insta a preservar las prácticas de alfabetización para mantener las condiciones necesarias para un discurso público racional.
La tradición retórica
La tradición retórica moldea a Postman en cuanto a método, conceptos y objetivos normativos. Considera a los medios de comunicación como entornos retóricos que posibilitan o inhiben determinadas formas de persuasión, argumentación y razonamiento público.
Postman se basa en distinciones retóricas fundamentales — ethos, pathos, logos (ver: Gorgias por Platón) — y en preocupaciones clásicas sobre la audiencia, el medio y el estilo. Analiza la televisión como una forma retórica dominante que privilegia el pathos (emoción, espectáculo) y el ethos (imagen, persona) sobre el logos (argumento sostenido), mostrando cómo este cambio reconfigura lo que se considera un discurso público persuasivo. Este marco retórico le permite ir más allá de la crítica del contenido para examinar cómo la forma moldea los tipos de argumentos que pueden tener éxito en la vida pública.
El énfasis de la tradición en la audiencia y el propósito influye en la atención que Postman presta a cómo los distintos medios presuponen audiencias diferentes. La prensa escrita presupone un lector reflexivo y atento, capaz de seguir un argumento lineal; la televisión presupone un espectador distraído, visualmente predispuesto a reaccionar a estados de ánimo y sensaciones. Postman utiliza convenciones retóricas (kairos/ritmo, disposición, presentación) para demostrar por qué los formatos televisivos producen fragmentos de sonido, actuaciones escenificadas y una atención fragmentada, en lugar de un debate deliberativo.
Metodológicamente, Postman adopta el análisis retórico — una lectura minuciosa de géneros (noticias, política, religión, educación) y la evaluación de sus mecanismos persuasivos — en lugar de una explicación puramente tecnológica o económica. Esto le permite evaluar las consecuencias cívicas en términos de la calidad de la persuasión: si el discurso fomenta el juicio y el razonamiento crítico o simplemente entretiene y manipula.
Desde una perspectiva normativa, la tradición retórica proporciona a Postman los criterios para un buen discurso público (claridad, estructura lógica y apelación a la razón). Su defensa de las prácticas de alfabetización es una defensa de las virtudes retóricas: rigor argumentativo, respeto por la evidencia y la exposición secuencial, y una educación cívica que cultive la competencia retórica.
En resumen, la tradición retórica le proporciona a Postman las herramientas para diagnosticar cómo las formas mediáticas condicionan la persuasión, para comparar géneros en distintos medios y para argumentar que los sesgos retóricos de la televisión socavan las normas y prácticas necesarias para la deliberación democrática.
Resumen
Prefacio
Postman comienza su libro resumiendo la novela distópica 1984 de George Orwell, así como Un mundo feliz de Aldous Huxley .
El autor reinterpreta 1984 de George Orwell no como una simple profecía de vigilancia brutal, sino como una advertencia sobre el control de la información, el lenguaje y la opinión pública. Subraya que la verdadera amenaza de Orwell era la manipulación política de la verdad, cómo alterar las definiciones, normalizar las contradicciones y restringir el lenguaje (como en la neolengua y el doblepensamiento) puede limitar el pensamiento y hacer que las personas sean más dóciles.
Postman contrasta el mundo de escasez y censura de Orwell con la visión de Aldous Huxley en Un mundo feliz, argumentando que nuestro entorno mediático se asemeja más al de Huxley: una sobrecarga de información trivial y placentera que ahoga el discurso serio. Advierte que esa abundancia de información superficial puede ser tan peligrosa como la censura manifiesta, ya que impide a los ciudadanos desarrollar una comprensión coherente y crítica de la vida pública.
Postman señala que, si bien ambos autores imaginaron un futuro sombrío, no profetizaron lo mismo. Orwell predice que seremos oprimidos, no solo en nuestras acciones sino también en nuestros pensamientos, por las fuerzas externas del control gubernamental. Huxley, en cambio, imagina un mundo donde nuestras debilidades internas y nuestro deseo de entretenimiento y placer nos conducen a la pereza, la estupidez y la incompetencia intelectual.
En resumen, Orwell temía que lo que odiamos nos arruinara. Huxley temía que lo que amamos nos arruinara.
El eje central de la crítica de Postman reside en el papel de la televisión y los medios de comunicación de masas en la transformación de asuntos importantes — política, educación, noticias — en entretenimiento. Cuando los temas públicos se presentan principalmente como espectáculo, el razonamiento y los criterios objetivos se ven desplazados por la imagen, la emoción y el sensacionalismo efímero, y la capacidad del público para el pensamiento crítico sostenido se atrofia. Postman no sostiene que la tecnología por sí sola esclavice a las personas, sino que transforma las formas de comunicación y los tipos de pensamiento que fomenta, generando consecuencias sociales y políticas predecibles. Para que la democracia funcione, afirma Postman, se requieren hechos compartidos, un discurso público significativo y ciudadanos capacitados para evaluar las afirmaciones. Tanto la censura como la trivialización erosionan estos requisitos, socavando la rendición de cuentas y propiciando la manipulación.
Postman cierra su prólogo con la provocadora afirmación de que Huxley tenía razón.
Capítulo 1
Postman inicia este capítulo relatando diversas anécdotas que ilustran la trivialización del pensamiento estadounidense. Los políticos, escribe Postman, son elogiados por su apariencia física. El periodismo televisivo ha propiciado un énfasis creciente en el estilo y la imagen. La publicidad se ha aprovechado de nuestra menguante capacidad de atención y nos ha vuelto ávidos de chistes ingeniosos en lugar de información y conocimiento sustanciales.
Postman reconoce que estas observaciones no son nada novedosas: estas preocupaciones son bastante comunes. Sin embargo, sostiene que no hemos explicado adecuadamente por qué la cultura se dirige en esta dirección. Afirma que debemos tener presente la relación entre forma y contenido en el discurso público. Sin ciertos medios de comunicación, ciertos contenidos no existirían. Por ejemplo, sin las tecnologías de la imagen (fotografía y televisión), la apariencia de un político o un periodista simplemente no podría llegar a un público amplio. Por lo tanto, las conversaciones sobre estilo y apariencia estarían prácticamente ausentes del discurso cultural dominante.
Aquí Postman cita al teórico de los medios Marshall McLuhan, quien afirmó célebremente que «el medio es el mensaje». Esto significa que el contenido de cualquier medio (un libro, un programa de televisión, un programa de radio o un discurso en vivo) estará determinado por la forma en que lo presenta. Postman cree que McLuhan, al igual que Orwell y Huxley, «habló en la tradición de la profecía». Postman fue alumno de McLuhan y le asegura al lector su inmenso respeto por su pensamiento, pero propone una ligera modificación a su famoso argumento. El medio, sostiene Postman, es la metáfora. Postman cree que los medios se comunican de forma indirecta:
Según Postman, los medios tecnológicos no solo afectan su propio contenido, sino que también extienden su influencia al resto de la cultura. Las gafas, una tecnología que mejoró la visión humana, probablemente contribuyeron a nuestra ambición con respecto al proyecto del genoma humano. Las gafas nos mostraron que el cuerpo puede mejorarse mediante la ciencia. La investigación genética es una extensión de esta misma idea. Los microscopios nos revelaron la existencia de un mundo invisible y vibrante, inaccesible a simple vista, y Postman sugiere que, a partir de la microscopía, surgieron conocimientos psicológicos sobre el subconsciente. Postman concluye el capítulo diciendo:
“Nuestros idiomas son nuestros medios de comunicación. Nuestros medios de comunicación son nuestras metáforas. Nuestras metáforas crean el contenido de nuestra cultura.”
Capítulo 2
Este capítulo trata sobre la transición entre la cultura impresa y la cultura televisiva en Estados Unidos. Postman cree que cuando la gente se informaba a través de la imprenta, las conversaciones culturales eran racionales, constantes y lógicas. Ahora, afirma, bajo el dominio de la televisión, Estados Unidos “se ha vuelto insustancial y absurdo”.
Comienza a fundamentar esta afirmación con el análisis de una tribu del África occidental cuyo sistema de justicia penal se basa en gran medida en la memorización, por parte del juez, de miles de aforismos o dichos morales. Cuando se comete un delito, el juez busca un aforismo pertinente y determina la justicia aplicable según la sabiduría de dicho aforismo. Postman señala que, en una cultura oral, los aforismos constituyen una fuente aceptable de verdad o sabiduría.
En una cultura impresa como la estadounidense, sin embargo, los aforismos se consideran poco serios. Postman ilustra esto con una hipotética situación en la que un abogado utiliza aforismos en un tribunal en lugar de pruebas documentadas. Dado que podemos imprimir y registrar ideas, no nos vemos limitados por la dificultad de la memorización y, por lo tanto, podemos recurrir a textos y relatos mucho más extensos para determinar la verdad. Si algo está escrito, publicado y difundido, es más cierto que si simplemente se expresa verbalmente. Así, afirma Postman, los medios de comunicación determinan nuestra epistemología (teoría del conocimiento, o lo que distingue el conocimiento de la opinión). En otras palabras, nuestros medios de comunicación determinan lo que consideramos conocimiento y verdad.
Postman sostiene que no todas las epistemologías, o sistemas de conocimiento y verdad, son iguales. Afirma que en su país la cultura impresa está en declive en favor de una «epistemología basada en la televisión». Postman dice que este cambio ha provocado que nos volvamos «más tontos a cada minuto». En otras palabras, dado que los medios determinan lo que consideramos conocimiento, y dado que nuestra inteligencia es una función de nuestro conocimiento, nuestra inteligencia colectiva como estadounidenses se está viendo (negativamente) afectada por el cambio de la prensa escrita a la televisión.
Capítulo 3
Postman analiza el crecimiento de la distribución de libros impresos en el siglo XVII y, en particular, su importancia para la cultura colonial estadounidense temprana. «No surgió ninguna aristocracia literaria en la América colonial», afirma Postman. Señala que los índices de alfabetización variaban relativamente poco entre pobres y ricos, e incluso entre hombres y mujeres, lo cual era especialmente inusual en ese momento histórico. Postman habla sobre las consecuencias de una cultura tan alfabetizada y destaca que un ejemplo particularmente revelador de la alfabetización en la América colonial es la distribución del tratado Sentido Común de Thomas Paine.
Sentido Común vendió más de 100.000 ejemplares en tan solo unos meses y el total de ejemplares vendidos se acercó a los 3 millones. En 1985, cuando Postman escribió esto, un libro tendría que haber vendido 24 millones de ejemplares para considerarse que había tenido un éxito comparable. Postman comenta:
“El único evento comunicacional que podría generar tal atención colectiva en los Estados Unidos de hoy es el Super Bowl.”
Postman continúa explicando que, a medida que Estados Unidos avanzaba hacia el siglo XIX, lo hacía como una cultura totalmente basada en la imprenta en todas sus regiones. La literatura, los periódicos y los panfletos eran omnipresentes. Intelectuales, populares, obreros, aristocráticos: todas las esferas culturales giraban en torno a los medios impresos a su manera:
“Cuando Charles Dickens visitó Estados Unidos en 1842, la acogida que recibió fue comparable a la adulación que hoy ofrecemos a las estrellas de la televisión, a los quarterbacks y a Michael Jackson.”
Postman señala que incluso las conferencias — las palabras habladas — adquirieron la calidad de la escritura. Las conferencias y los debates no sonaban como conversaciones ociosas, sino como textos escritos. Las oraciones habladas eran más largas, más complejas y más rigurosamente lógicas, y los oyentes, acostumbrados a este tipo de lenguaje escrito, podían asimilar y comprender este tipo de texto hablado.
Postman profundiza en su argumento. La razón por la que el contenido cultural era tan sofisticado en aquella época radica en que la información impresa gozaba de una especie de monopolio. Si se deseaba intercambiar ideas, se hacía a través de folletos, foros de debate o conferencias, espacios donde la forma del lenguaje impreso se prestaba a un contenido más sofisticado y elegante. Postman afirma que es importante seguir investigando cómo la imprenta influyó en la epistemología de la América colonial, para abordar el problema del declive (según él) de la conversación racional en la América del siglo XX.
Capítulo 4
Postman relata los debates que tuvieron lugar entre Abraham Lincoln y Stephen A. Douglas en agosto de 1858. Douglas habló durante una hora, y Lincoln respondió durante una hora y media. Postman se pregunta: "¿Qué clase de público era este?". Se maravilla de la capacidad del público de Lincoln y Douglas para escuchar durante horas discursos de personas que ni siquiera eran, en ese momento, candidatos presidenciales oficiales. Postman está convencido de que el público actual jamás podría dedicar el tiempo y la atención de la misma manera que lo hacía el público de entonces.
Postman también analiza el discurso de Lincoln durante el debate. Cita una frase particularmente larga y lógicamente compleja de Lincoln y señala que los políticos contemporáneos son mucho menos propensos a hablar así, ya sea porque no pueden o porque temen ser incomprensibles. La gente de la cultura televisiva, dice Postman, necesita un «lenguaje sencillo». Esto nos diferencia de manera fundamental de los estadounidenses del siglo XIX, para quienes:
"El uso del lenguaje como medio para la argumentación compleja era una forma de discurso importante, placentera y común en casi todos los ámbitos públicos."
Postman afirma entonces que es importante recordar que la palabra escrita “tiene un contenido” semántico y parafraseable. Señala que esto puede sonar extraño u obvio, pero sostiene que es fundamental para su argumento. El hecho de que la escritura tenga un contenido parafraseable implica que, por naturaleza, exige ser comprendida: ser analizada y estudiada por su público. Por eso Postman denomina al lenguaje impreso “un asunto serio”. Según él, es fundamentalmente racional. Escribe:
“No es casualidad que la Ilustración coincidiera con la cultura de la imprenta.”
Postman extrapola que los grandes hombres del pasado — pensadores, oradores, políticos e intelectuales — debían ser cultos y lógicos, y que su público debía esforzarse por comprender el lenguaje escrito. Añade que los grandes predicadores de los siglos XVIII y XIX eran todos hombres sumamente versados en las Escrituras, cuyo atractivo provenía de su refinado intelecto. Compara esto con las figuras contemporáneas de las "megaiglesias" mercantilizadas, cuyo fanatismo suele ser precisamente antiintelectual.
Capítulo 5
Postman inicia el capítulo con un análisis de cómo la invención del telégrafo marcó un cambio fundamental en la cultura estadounidense.
“El telégrafo lanzó un ataque triple contra la definición de discurso propia de la tipografía, introduciendo a gran escala irrelevancia, impotencia e incoherencia.”
Según él, el telégrafo hizo que la información descontextualizada fuera aceptable. Por primera vez convirtió la información en un producto preempaquetado y fácilmente digerible.
Es más, dado que el telégrafo resolvió el problema de difundir información a través de vastos espacios, también introdujo información geográficamente irrelevante en el diálogo cultural. El autor dice que
“El abundante flujo de información tenía muy poco o nada que ver con aquellos a quienes iba dirigido; es decir, con cualquier contexto social o intelectual en el que estuvieran inmersas sus vidas.”
Postman se dirige a su lector, preguntándole cuántas veces las noticias que consume a diario lo impulsan a realizar alguna acción que de otro modo no habría emprendido. Esta pregunta retórica da pie a una nueva crítica de la cultura de la imagen: la información ya no se ofrece al servicio de la acción. Absorbemos las noticias a diario, pero la información es impotente, afirma Postman, porque no tiene otro efecto que captar nuestra atención durante un breve instante. Postman señala que este problema ya lo predijo el telégrafo, pues «para el telégrafo, la inteligencia significaba saber muchas cosas, no conocerlas».
Postman pasa a analizar la fotografía. Primero señala que, etimológicamente, «fotografía» significa «escritura con luz». Afirma que esto resulta irónico, dado que, según argumentará, la fotografía y la escritura no tienen nada en común. Sostiene que la fotografía, por sí sola, solo puede abordar particularidades concretas. No puede abarcar contenido abstracto, remoto, interno o invisible. Es más, las fotografías, al igual que el telégrafo, aíslan la información de su contexto. Nada que quede fuera del encuadre es visible.
Según Postman, la fotografía acabaría suponiendo un ataque contra el lenguaje escrito. Postman utiliza la palabra «ataque» porque, a su juicio, la fotografía no se posicionó como un complemento del lenguaje y la imprenta, sino como un sustituto. Los periódicos y los anunciantes reconocieron de inmediato el poder de la fotografía para cautivar al público. La impresión comenzó a desaparecer de la primera plana de los periódicos a medida que las fotografías de portada se hacían más grandes, y los anunciantes sacaron provecho de la popularidad de las imágenes prefabricadas y descontextualizadas. Y así, «para innumerables estadounidenses, ver, no leer, se convirtió en la base de la creencia».
Postman argumenta entonces que la fotografía y el telégrafo se proporcionaron mutuamente un pseudocontexto. Breves fragmentos de lenguaje, acompañados de una imagen fotográfica, se convirtieron en un elemento de consumo popular, ya fuera en política, entretenimiento o publicidad. Pero este pseudocontexto no es más que un falso refugio para una cultura «abrumada por la irrelevancia, la incoherencia y la impotencia».
Sin embargo, la cultura impresa no fue aniquilada de un solo golpe, dice Postman. En las novelas y relatos de Faulkner, Fitzgerald, Steinbeck y Hemingway, e incluso en las columnas de los grandes periódicos — el Herald Tribune, el Times — la prosa rebosaba de una vitalidad e intensidad que deleitaba tanto al oído como a la vista. Pero esta era la canción del ruiseñor de la prosa, la más brillante y dulce cuando el cantor se acerca al momento de la muerte.
Y el problema, sin duda, se está intensificando, afirma Postman. A medida que nacen nuevas generaciones que literalmente no conocen una vida sin televisión, el dominio de la cultura televisiva parece consolidarse como algo indeleble.
Postman se toma un momento para hablar de una tecnología que aún está en sus primeras etapas: la computadora. Dicen que no podemos gestionar negocios, ni elaborar listas de la compra, ni mantener cuentas bancarias en orden si no tenemos un ordenador. Quizás algo de esto sea cierto. Pero lo más importante sobre los ordenadores y su importancia en nuestras vidas es que aprendemos todo esto a través de la televisión. Según Postman, la televisión seguirá siendo dominante porque es a través de ella que obtenemos toda nuestra información. Es nuestra forma de conocer el mundo.
Postman concluye el capítulo señalando que la cultura de la imagen, la descontextualización implacable y la irrelevancia que impregnan nuestra vida cotidiana, pasan prácticamente desapercibidas. En otras palabras, este tipo de comunicación de información parece totalmente natural. Este, sostiene Postman, es el efecto más pernicioso de la cultura televisiva: convertir lo que debería parecer extraño en algo aparentemente natural. Su objetivo, afirma, es «hacer visible de nuevo la epistemología de la televisión».
Capítulo 6
Postman comienza el capítulo descartando la idea de que la televisión pueda extender o enriquecer las tradiciones intelectuales de otros medios. Afirma que esto es un ejemplo de lo que McLuhan denominó «pensamiento retrospectivo», en el que intentamos definir las nuevas tecnologías basándonos en las del pasado. Postman declara categóricamente que la televisión no amplía la cultura literaria, sino que la ataca directamente.
Esta sección sostiene que la televisión no solo entretiene, sino que también es responsable de convertir el entretenimiento en el formato natural para la representación de toda experiencia. Postman afirma que la televisión ha hecho que el consumo de entretenimiento (en contraposición a la razón o la racionalidad) sea más importante que la comunicación de información. En la cultura televisiva, la información siempre es entretenida.
Postman recurre al ejemplo del discurso supuestamente "serio" en televisión: las charlas televisadas entre figuras mundiales como Henry Kissinger, Elie Wiesel y otros, que se han emitido en cadenas como ABC. Sin embargo, las charlas televisadas, incluso cuando se dan entre personas de renombre, nunca alcanzan una verdadera seriedad. Debido a la limitación de tiempo y a las interrupciones publicitarias, resulta imposible tener un debate profundamente contextualizado. Esto significa que las conversaciones en televisión rara vez se desarrollan de forma lineal, sino que adoptan la forma de diversas perspectivas inconexas presentadas sucesivamente.
“Al final, solo cabía aplaudir esas actuaciones, que es lo que un buen programa de televisión siempre pretende conseguir; es decir, aplausos, no reflexiones".
La televisión es el principal medio por el cual nuestra cultura se conoce a sí misma. Por lo tanto, y este es el punto crucial, la forma en que la televisión representa el mundo se convierte en el modelo de cómo debería representarse el mundo adecuadamente. El entretenimiento no solo se limita a la pantalla de televisión, sino que se extiende a todas las demás esferas de la cultura. Los estadounidenses ya no conversan tanto entre sí, sino que se entretienen mutuamente.
Capítulo 7
Postman afirma que existe una frase que quizás debería considerarse una de las más problemáticas del idioma inglés: «Ahora… esto». Esta expresión se usa a menudo como transición entre temas en programas de radio o televisión. Postman explica que indica que lo que se acaba de escuchar carece de importancia y que lo que está por escuchar no tiene contexto. Sin embargo, la televisión no inventó lo que Postman denomina la visión del mundo del «Ahora… esto». Espera haber demostrado que tiene sus raíces en la telegrafía y la fotografía. Pero la televisión es responsable de plasmar esta visión del mundo en su forma más «descarada y embarazosa».
Postman afirma que vivimos en una época en la que los periodistas más fiables son los más atractivos o con mejor imagen. Según él, la credibilidad ha sustituido a la realidad como criterio de veracidad. Si la información proviene de una persona creíble, se acepta como verdadera. (Antes, si la información reflejaba la realidad, se aceptaba como verdadera).
“El resultado de todo esto es que los estadounidenses son los que mejor se entretienen y, muy probablemente, los que menos información tienen en el mundo occidental.”
Postman afirma que Estados Unidos es un lugar de "desinformación". Esto no significa información incorrecta, sino información que en realidad no sirve para informar. Es demasiado inconexa y descontextualizada para hacerlo.
A pesar de su perspicacia, George Orwell se habría visto desconcertado por esta situación. No tiene nada de orwelliano. Huxley, en cambio, no se sorprendería en absoluto del estado actual de las cosas en Estados Unidos. El entorno informativo estadounidense le parece a Postman un juego de Trivial Pursuit. Postman afirma que es incierto si una nación puede sobrevivir con ráfagas de información de 22 minutos, si considera valiosas las noticias solo cuando provocan risas o aplausos.
Capítulo 8
Este capítulo trata sobre la predicación de pastores evangélicos. Postman se centra en particular en el reverendo Terry, Pat Robinson y Jimmy Swaggart. Todos ellos son capaces de ofrecer lo que Postman denomina el «sermón televisivo perfecto». Son teatrales, emotivos y reconfortantes. Este capítulo, por lo tanto, aborda la «versión televisiva de la religión».
Postman afirma que la religión, como cualquier otra cosa, experimenta un cambio fundamental al ser televisada. Cuando vemos a un predicador dar un sermón en televisión, siempre podemos, con solo pulsar un botón, cambiar de canal o apagar la pantalla. De este modo, cierto secularismo se cierne sobre la religión televisada, ya que el mundo secular está a solo un instante de distancia. Como los predicadores televisados son conscientes de esto, deben hacer que su programación compita con la de otros programas. La ofrecen en horarios convenientes y aderezan sus sermones con entretenimiento.
Esto debería preocuparnos, dice Postman, porque la televisión ha convertido la religión en algo que nos da lo que queremos, no lo que necesitamos. La preocupación de Postman no es que la religión se esté convirtiendo en el contenido de los programas de televisión, sino que la televisión se convierta en el contenido de la religión.
Capítulo 9
Este capítulo comienza sugiriendo que la televisión es el enemigo del capitalismo. El capitalismo se basa en la capacidad de los consumidores para elegir el producto que mejor satisfaga sus necesidades. Postman dice que
“De hecho, podríamos ir más allá: el anuncio televisivo no trata en absoluto sobre las características de los productos que se van a consumir, sino sobre las características de los consumidores de esos productos.”
Por lo tanto, la publicidad ya no se centra en lo que los consumidores saben sobre los productos, sino en lo que los anunciantes saben sobre "el mercado".
Postman denomina a los anuncios televisivos "terapia instantánea". En tan solo 15 o 20 segundos, el espectador siente que sus necesidades han sido atendidas, y esa sensación es suficiente para los consumidores estadounidenses criados en la era del espectáculo.
La publicidad televisiva también tiene un profundo impacto en la política. Los consumidores "eligen" a su político en función de las emociones que les provoca su aparición en televisión. Los eslóganes y símbolos adquieren una importancia fundamental. Para Postman, esto es consecuencia directa de la cultura televisiva.
Es más, nuestra relación con nuestra propia historia ha cambiado desde el auge de la televisión. Dado que la televisión es un medio de inmediatez y presencia, los estadounidenses ya no se sienten tan conectados con el pasado, ni de forma tan directa ni causal.
Capítulo 10
En esta sección, Postman aborda el tema de la "programación educativa", comenzando con el ejemplo específico de "Sesame Street". Sesame Street ofrece una educación que los niños adoran, pero es fundamentalmente diferente a la escuela, afirma Postman. Los televisores no son maestros. No se les pueden hacer preguntas ni mantener conversaciones. Postman señala que ninguna educación está completa sin este elemento social. Si un niño sabe leer, escribir y contar, pero no puede conversar, preguntar ni socializar, entonces no está debidamente educado.
Quienes consideran la televisión como un medio educativo no entienden lo esencial, afirma Postman. Sostiene que toda la televisión es educativa, pero que instruye a sus espectadores en la ideología televisiva. Cuando los niños aprenden de la televisión, aprenden únicamente lo que esta puede enseñarles: el valor de la desinformación, el entretenimiento y la diversión.
Capítulo 11
“Hay dos maneras en que el espíritu de una cultura puede marchitarse. En la primera, la orwelliana, la cultura se convierte en una prisión. En la segunda — la huxleyana — la cultura se convierte en una burla.”
Para Orwell, el peligro proviene de las personas llenas de odio y resentimiento. Para Huxley, el peligro proviene de las personas con un rostro sonriente y cariñoso. Son embargo, Postman señala que:
“Los estadounidenses no van a paralizar ninguna parte de su aparato tecnológico, y sugerir que lo hagan es no sugerir nada en absoluto.”
Más bien, dice Postman, los medios se vuelven menos peligrosos cuando se entienden adecuadamente. Imagina que la solución a este problema es educar a la gente sobre el poder del medio televisivo para moldear nuestro discurso nacional. Una vez que entendemos lo que hace la televisión, podemos ser más proactivos en la promoción de otras formas de medios (como la prensa escrita). Después de todo, dice Postman,
"En Un mundo feliz, la cuestión no era que se rieran en lugar de pensar, sino que no sabían de qué se reían ni por qué habían dejado de pensar."
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Forma y contenido
El argumento central de Postman se basa en la afirmación de que existe una relación entre la forma de un medio (donde "forma" se refiere a la apariencia que adopta el medio, por ejemplo, la televisión, el lenguaje hablado, la escritura, etc.) y el contenido de dicho medio (donde el contenido es la información que comunica). Postman sostiene que existe una relación determinante entre forma y contenido. Esto significa que la forma de un medio determina su contenido o influye decisivamente en él.
Ciertos tipos de medios de comunicación son adecuados para determinados tipos de discurso, información o comunicación. Por ejemplo, Postman sostiene que la televisión, como medio de comunicación, simplemente no es adecuada para el debate racional ni para ningún tipo de contenido "serio".
Por otro lado, considera que la tipografía (impresa y escrita) es un medio idóneo para el contenido racional, pero no necesariamente para el entretenido. El lenguaje hablado, con su propio soporte independiente de la imprenta, también determina su contenido particular: refranes, proverbios y aforismos son los tipos de contenido predominantes en las tradiciones orales, donde la información se comunica principalmente mediante la palabra hablada.
Postman considera que esta relación determinante entre forma y contenido es de vital importancia para que la gente la comprenda. Señala que muchos estadounidenses creen que pueden obtener de la televisión lo que antes obtenían de los libros u otros tipos de medios impresos. Las implicaciones de esta afirmación son, sin duda, significativas: si la forma de un medio determina su contenido, entonces la introducción y el predominio de los nuevos medios, extrapola Postman, conllevan el predominio de tipos de contenido completamente nuevos. La diferencia entre la cultura impresa y la cultura televisiva no radica simplemente en la diferencia entre escribir y ver, radica en la diferencia entre una cultura dominada por la razón y una cultura dominada por el entretenimiento.
Tipografía vs. Imagen
La tensión fundamental en el análisis de Postman reside en la oposición entre la tipografía, o la impresión, y la imagen (como en una fotografía o en una pantalla de televisión). Esta tensión es esencial para su argumento, principalmente porque esta oposición entre la impresión y la imagen constituye el núcleo de la transición que se estaba produciendo en el discurso y la cultura estadounidenses en la década de 1980, cuando él escribía.
Estados Unidos, otrora un país con un alto índice de alfabetización y dependiente de la comunicación impresa — que incluía, según Postman, libros, folletos, conferencias y debates públicos —, se ha convertido ahora en una cultura de la imagen. Los periódicos publican fotografías junto a los titulares, transformando así las noticias y el periodismo en un formato centrado en la imagen. Aún más importante, la televisión se ha vuelto tan fundamental en la cultura estadounidense que ha dominado y superado a la prensa escrita.
Postman suele ser contundente al tomar partido en la histórica confrontación entre la imprenta y la imagen. Cree que las culturas de la imagen están degradadas, son menos capaces de razonar y menos comprometidas políticamente que las culturas de los medios impresos. Su libro busca, por lo tanto, exponer las maneras en que la televisión y otros medios de imagen (como la fotografía) han cambiado la forma en que los estadounidenses entienden, se comportan, creen e incluso piensan. En general, Postman argumenta que estas nuevas formas de pensamiento, creencia y comprensión son inferiores a las del pasado.
Discurso público y medios de comunicación
Gran parte del argumento del libro adopta la forma de un relato histórico que rastrea el desarrollo del discurso público a lo largo del tiempo. El relato histórico de Postman es, de hecho, bastante extenso: la Ilíada, Platón, Jesús, la Reforma Protestante y la historia estadounidense desde su colonización hasta la actualidad están incluidos en la historia que Postman narra sobre la historia de los medios de comunicación y sus efectos en la cultura.
Su argumento articula esencialmente cómo, en muchos sentidos, la historia del discurso público es la historia de cómo diferentes formas de comunicación alcanzaron el dominio. La Ilíada fue producto de una cultura oral, mientras que en la época de Platón, el auge de la escritura fue el eje de una transformación cultural. La Reforma Protestante fue posible gracias a la imprenta, y en Estados Unidos se está produciendo actualmente una transición entre la imprenta y la imagen.
Además de ofrecer una perspectiva para analizar la historia del discurso público, Postman también se interesa en demostrar que esta historia, especialmente en Estados Unidos, apunta en una dirección determinada. En otras palabras, no todos los discursos son iguales. Su relato histórico nos invita a reflexionar sobre el daño que podría causar el legado de la televisión en la historia estadounidense.
Noticias y entretenimiento
Un aspecto central del argumento de Postman es el papel que desempeñan las noticias (ya sean en la prensa escrita o en la televisión) en el desarrollo de la cultura estadounidense de los años ochenta. Postman cree que las noticias constituyen una fuerza particularmente insidiosa en la transformación de Estados Unidos, pasando de una cultura de la razón a una cultura del entretenimiento.
Si bien a primera vista las noticias parecen una difusión objetiva de conocimiento e información, Postman sostiene que en realidad representan la mercantilización del conocimiento y la transformación de la información en mero entretenimiento.
Las noticias son información que siempre deseamos (y que siempre obtenemos, a través de los periódicos y los programas informativos), pero no información que realmente utilicemos. Por lo tanto, según Postman, no son realmente información. Son entretenimiento y, por ende, una mercancía.
El futuro
Gran parte del texto de Postman se centra en la proyección de un futuro imaginado. Los lectores del siglo XXI deben preguntarse qué aspectos de su argumento resuenan con la realidad actual y cuáles resultan falsos a la luz de los avances tecnológicos. Estas preguntas son fundamentales para el contenido temático del libro.
El texto de Postman se enmarca en la discrepancia entre la obra 1984 de George Orwell y Un mundo feliz de Aldous Huxley. La novela de Orwell imagina un mundo donde la represión gubernamental es responsable de la pérdida de vidas, amor y libertad en un hipotético futuro distópico. Un mundo feliz, por su parte, plantea que el deseo de la gente por el entretenimiento superficial y la tecnología, en lugar de la represión gubernamental, provocará la desaparición de la cultura tal como la conocemos.
Postman supone que la visión del futuro de Huxley resultará más acertada que la de Orwell. En otras palabras, Postman cree que el entretenimiento acabará con la cultura antes que el gobierno. Este gesto reconoce que los textos sobre el futuro, tarde o temprano, se demostrarán correctos o incorrectos. Esta conclusión también debe aplicarse al propio texto de Postman, que, si bien no es una distopía literaria de ficción, también plantea afirmaciones sobre el rumbo que toma nuestra cultura. Desde el principio, Postman sitúa su texto como propiedad de lectores futuros imaginarios y reconoce que sus argumentos se demostrarán correctos o incorrectos cuando el futuro se manifieste.
Han pasado ya varios años desde la publicación de la investigación de Postman sobre los medios de comunicación, la tecnología y sus efectos en la cultura. Como lectores del futuro, estamos en condiciones de evaluar si sus predicciones fueron acertadas o erróneas. Por ejemplo, Postman reconoce el auge de las computadoras, pero sostiene que todo lo que sabemos sobre ellas proviene de la televisión. Naturalmente, internet, aunque ni siquiera existía cuando se escribió este libro, ahora planea sobre el texto y exige nuestra atención como un nuevo tipo de medio y discurso público. Esto indica una exigencia mayor para el lector de un texto como este: analizar cómo se relaciona con el estado actual de las tecnologías de la comunicación.
El texto de Postman interactúa con el «futuro» de maneras que él mismo no pudo prever, y esto es cierto tal vez para todas las obras de «Teoría de los Medios», que se popularizaron a mediados del siglo XX. Sin embargo, los lectores contemporáneos de este texto deben preguntarse como de vigente es la obra de Postman hoy en día, sobre todo considerando que la televisión sigue siendo tan omnipresente como siempre y que internet ha dado lugar a un tipo de discurso público completamente nuevo.
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